Errores comunes al ofrecer nuestras alabanzas - 3


Errores comunes al ofrecer nuestras alabanzas - 3 

Abner L. Perales 

I. Vida espiritual independiente de la vida cotidiana

Un tercer error en el que se incurre comúnmente al presentar nuestras alabanzas es el de limitar la adoración a Dios al momento del culto, la celebración religiosa o al mismo momento en que se ofrece la alabanza misma. El registro bíblico, referente a la vida de Caín, nos proporciona dos panoramas a evitar, la desobediencia[1] y la incredulidad.[2] Estos son dos formas como se acostumbra tener una vida religiosa independiente de la vida cotidiana y un estilo de vida que muestra una desconexión con Dios.



a. Desobediencia
No como Caín, que era del maligno y mató a su hermano. ¿Y por qué causa le mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas (1Juan 3:12).[3]
El pasaje bíblico aquí mostrado muestra el estado de Caín al presentar su ofrenda. Un estilo de vida desobediente, siendo sus obras malas. Si tomamos en contexto el versículo, Juan está explicando en qué consiste el pecado y cómo se muestra en el individuo. El apóstol inicia esta sección de su exposición declarando que pecado es la infracción de la Ley (1 Juan 3:4). Siguiendo esta línea de pensamiento, expone además que el que practica el pecado es del diablo. El discípulo amado muestra en pocos versículos algo que es consistente en todo el Nuevo Testamento, el pecado no un acto de desobediencia, sino más bien una vida llena de desobediencia; dicho de otra forma, el pecado se muestra en un estilo de vida desobediente.[4]

El pecado, según el Nuevo Testamento es una magnitud que determina al hombre para distanciarse y oponerse a Dios. Los textos de 1 Juan 3:4 y 12 no presentan a Caín como un hombre que tan solo desobedeció en un solo acto, sino más bien a un individuo que tenía un estilo de vida desobediente y que estaba distanciado de Dios. Elena G. de White expande esta idea bíblica diciendo:
Caín abrigaba sentimientos de rebelión y murmuraba contra Dios, a causa de la maldición pronunciada sobre la tierra y sobre la raza humana por el pecado de Adán. Permitió que su mente se encauzara en la misma dirección que los pensamientos que hicieron caer a Satanás, quien había alentado el deseo de ensalzarse y puesto en tela de juicio la justicia y autoridad divinas.[5]
Además, White añade:
Caín eligió servir a Satanás, Abel escogió servir a Dios. Caín mató a Abel, porque éste no quiso seguir su ejemplo.[6]
La desobediencia a la que Elena G. de White hace mención en estos pasajes, era tan solo un acto más de desobediencia dentro de un estilo de vida que Caín ya practicaba.

En este punto es conveniente enfatizar que limitar el rechazo de Dios para Caín por un pequeño descuido en relación a su ofrenda (es decir en un solo acto), contradice el contexto bíblico y minimiza la visión de pecado que la Biblia y el Espíritu de Profecía manejan. Caín no fue rechazado por un solo acto, o por su ofrenda, sino más bien por un estilo de vida de pecado (c.f. Proverbios 15:8; Isaías 1:4-13).

Caín reconocía la existencia de Dios, aún era participante de la comunicación personal con él (cf. Génesis 4:6,7). Lamentablemente su vida desobediente distorsionaba su comprensión y visión de Dios. Su ofrenda más bien era una expresión chapucera y conveniente destinada a cumplir, solo en forma externa, algunos deberes religiosos. Caín no comprendía que la obediencia parcial y formal a Dios no puede ganar Su favor.[7] No es la obediencia en un solo acto o en una sola ofrenda, es más bien un estilo de vida el que Dios busca.

Todo aquel que pretende complacer a Dios con una alabanza sin un estilo de vida caracterizado por la obediencia, se engaña a sí mismo. Dios rechaza tal ofrenda. Rechaza la ofrenda no porque esta tenga o no méritos en sí misma, sino porque el ofrendante no ha sido aceptado primero. Tal ofrenda se convierte en una ofensa a Dios (cf. Isaías 1:11-17).

¿Será diferente para nosotros? Por supuesto que no. Limitar nuestra adoración a Dios a un solo acto o un momento específico, muestra nuestra pobre concepción de conexión con Dios. No podemos aproximarnos a Dios pretendiendo que le complacemos por la calidad artística de nuestras alabanzas. Como hemos apuntado con anterioridad, no es la ofrenda la que Dios acepta o rechaza, sino al ofrendante mismo. No podemos, ni debemos permitirnos ofender a Dios a cada momento con un estilo de vida desobediente y engañarnos pensando que le complaceremos con un acto de adoración. Si deseamos verdaderamente ofrecer una alabanza perfecta a Dios debemos examinar nuestro corazón con honestidad. No sea que, como Caín, nos encontremos ofreciendo a Dios algo sin valor e inaceptable.

b. Incredulidad

Un aspecto interesante respeto a la historia de Caín y Abel como se presenta en el Nuevo Testamento, es aquel que se registra en Hebreos 11:4.
Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín, por lo cual alcanzó testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus ofrendas; y muerto, aún habla por ella (Hebreos 11:4).
En este pasaje, se menciona que la razón por la cual la ofrenda de Abel fue aceptada y la de Caín rechazada, fue la fe. Este aspecto en realidad no resta importancia a lo analizado anteriormente, sino que le añade peso al hecho que no fue la cualidad o calidad de la ofrenda la que Dios aceptó o rechazó, si no el estilo de vida que caracterizó al ofrendante. Mientras que se hace mención de Abel como un hombre de fe, se contrasta a Caín como un individuo incrédulo. La fe es necesaria e indispensable para agradar a Dios (cf. Hebreos 11:6), esa es la conclusión obvia del argumento. Por lo tanto, un corazón incrédulo, como el de Caín, no pudo ni podrá agradar a Dios.

Desde la perspectiva de Elena G. de White y de otros comentaristas, la fe de Abel pudo hacer que un sacrificio común, tal vez no comprendido en su totalidad por él mismo, apuntase a la figura de Cristo y su sacrificio expiatorio.[8]

El tema de la fe es uno que constantemente se desarrolla en el Nuevo Testamento.[9] En los escritos paulinos, al pecado se le define como carencia de fe (Romanos 14:23) y se le menciona como un impedimento para agradar a Dios (Hebreos 11:6). En otras palabras, un estilo de vida de incredulidad es un pecado grave que impide agradar a Dios.

Si estudiamos con detenimiento la Biblia, y analizamos nuestras propias vidas, encontraremos que la incredulidad nos lleva a la desobediencia y/o que la desobediencia nos lleva a la incredulidad. Un componente lleva al otro y la carencia de uno debilita y destruye al otro. En Caín esto fue una realidad. Elena G. de White lo expresa así:
No fue elegido un hermano para ser aceptado y el otro para ser desechado. Abel eligió la fe y la obediencia; Caín, en cambio, escogió la incredulidad y la rebelión. Todo dependió de esta elección.[10]
La incredulidad es producto de una relación inconstante con Dios. Sus resultados son devastadores. Encamina a la desobediencia y a la rebelión abierta. Lamentablemente el camino que Caín siguió es uno que es fácil de encontrar y uno que comúnmente se transita.

Como se ha repetido en diferentes ocasiones anteriormente, en el afán de cuidar los aspectos técnicos, artísticos y externos de la alabanza se olvida con frecuencia a Dios mismo. Nuestra preocupación desmedida por las herramientas de la adoración culmina, por lo general en el olvido del objeto de la adoración: Dios mismo. Como músicos pasamos, a veces, más tiempo preocupados en el aspecto artístico de las alabanzas que en buscar formas de profundizar en una vida devocional con Dios, una vida de fe y obediencia. Paradójicamente, Dios está más interesado en llevar una vida de relación con nosotros que en los actos de adoración y alabanza que le ofrecemos, aun cuando lo hagamos de la forma estética de mayor aceptación. Cuando Dios acepta a una persona, acepta su ofrenda. Nunca se presenta esta realidad al revés (es decir, que Dios acepte la ofrenda y después a la persona). En realidad, en la narración bíblica, se menciona primero la aceptación de Abel mismo antes de la aceptación de su ofrenda. Esto es una indicación más de que Dios no estaba tan interesado en el sacrificio como en el que lo ofrecía.[11]

Hay un serio peligro en poner demasiado énfasis en la ofrenda misma y olvidarnos de nosotros mismos como ofrendantes. Enfatizar la ofrenda o el momento provoca la autolimitación de nuestra adoración a un momento específico y no a un estilo de vida. Nos hace pasivos y no activos. Sin embargo, en la verdadera adoración no debería haber contentamiento con ser receptores pasivos, sino que debería haber un ofrecimiento activo y constante hacia Dios.[12] La adoración, sea corporativa o individual, no debería estar confinada a una fecha, momento, hora u ocasión específica. La verdadera adoración se distingue porque se le encuentra acompañada de la confraternidad y la proclamación de la Palabra en una forma tan constante en la vida del creyente como un estilo de vida.[13]

No podemos esperar que Dios acepte nuestras ofrendas si vivimos una vida desobediente y por ende (o en defecto) una vida de incredulidad. Si hacemos esto, estamos viviendo una vida de apariencias. Nuestros hermanos nos podrán “felicitar” por las “hermosas” alabanzas que ofrecemos, pero Dios estará rechazando nuestras alabanzas considerándolas una abominación.

Debemos tomar en serio nuestra relación con Dios. ¡Qué bendición que Dios mismo es el que nos invita a solucionar esta situación!
Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana (Isaías 1:18).
Dios conoce nuestros corazones y pensamientos y nos invita a relacionarnos con Él en este día y en este momento. Solo Él puede llevarnos a la obediencia y fortalecer nuestra fe. Debemos responder a su llamado que nos hace a cada instante. Al final de cuentas, Dios aceptará solamente aquella ofrenda que sea producto de una relación íntima, diaria y constante con Él.[14]

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Autor: Abner L. Perales. Licenciado en Enseñanza Musical (Universidad de Montemorelos). Estudios en Teología. Magister en Dirección Instrumental (Andrews University). Pastor asociado en la Conferencia de Arizona y ministro de música en la Iglesia Hispana en Phoenix, Arizona.

Referencias

[1] Basado en 1 Juan 3:4,12; Proverbios 15:8; Isaías 1:13

[2] Basado en Hebreos 11:4-6; Romanos 14:23

[3] Énfasis del autor.

[4] La palabra griega para pecado utilizada en 1 Juan 3:4 es hamartia. El término casi siempre termina significando “una ofensa en relación con Dios, con énfasis en la culpa”. Tres formas de hamartia se distinguen en el NT: (a) Pecado como un acto individual. (b) Como determinación de la naturaleza del hombre. (c) Pecado como poder personal. Los últimos dos incisos caracterizan el concepto de “pecado” del NT. Ver Raoul Dederen, ed. Handbook of Seventh-day Adventist Theology (Hagerstown, MD.: Review & Herald: 2000).

[5] White, Ellen, Historia de los patriarcas y profetas (Coral Gables, FL.: Asociación Publicadora Interamericana 1984), 58.

[6] White, Ellen, Alza tus ojos (Buenos Aires: Casa Editora Sudamericana, 1978), 39.

[7] “Porque no quieres sacrificio, que yo lo daría; No quieres holocausto. Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Salmo 51:16-17).

[8] El sistema de sacrificios y ofrendas se detalló no en la época de Adán y Eva, sino en la época de Moisés. La presencia de un sacerdote, los requisitos de las ofrendas y la naturaleza de las mismas serían tema de discusión de generaciones posteriores, por lo que se puede suponer que ni Adán, ni Eva, ni Caín, ni Abel comprendían, en su totalidad, los sacrificios y las ofrendas. Sus sacrificios eran aceptados, desde la perspectiva de la epístola a los Hebreos, por su capacidad de mirar aquello que “no se ve” (cf. Hebreos 11:1).

[9] En Evangelio según Juan, por ejemplo, la fe es presentada desde cuatro perspectivas constantes: (a) La fe es una decisión (b) No depende de milagros (c) La Fe impulsa a testificar (d) La Fe implica cambio de hábitos. (Loron Wade, Lecciones extraídas de la historia del hijo del cortesano, Juan 4:46-54).

[10] White, Historia de los patriarcas y profetas, 60. Énfasis del autor.

[11] Para una explicación más amplia consulte Francis Nichol, ed. Comentario bíblico adventista (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1984), 1:251.

[12] Emily R. Brink, “Who's the Host? We May Be Getting Carried Away with Kierkegaard's Analogy,” Reformed Worship 33 (Septiembre 1994). On line: http://www.reformedworship.org/magazine/issue.cfm?id=33 (accesado el 1 de mayo de 2009).

[13] Ronald Allen y Gordon Borror, Worship: Rediscovering the Missing Jewel (Portland, OR.: Multnomah Press, 1982), 57. En esta sección, su autor describe las características de adoración que distinguían a la Iglesia primitiva e invita al lector a llegar a tal modelo.

[14] Elena G. White resume esta serie de pensamientos de la siguiente forma: “La verdadera fe, que descansa plenamente en Cristo, se manifestará mediante la obediencia a todos los requerimientos de Dios”. White, Historia de los patriarcas y profetas, 60. Énfasis del autor.

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