Errores comunes al ofrecer nuestras alabanzas - 2


Errores comunes al ofrecer nuestras alabanzas - 2

Abner L. Perales

II. Jugar a Ser Dios[1]
Tan solo hay un lugar en el trono del vivir, lugar de quien gobierna todo el ser. Tan solo un Señor el trono ocupará, si fueren dos amarás a uno rechazando al otro.[2]

No tener una dependencia con Dios nos encamina a la perdición. El individuo que no depende de Dios busca la supremacía del ser. Toma para sí atributos divinos y los trata de imponer a los demás, a cualquier costo.

En la historia de Caín podemos encontrar diferentes resultados de la no dependencia de Dios. La primera, y más visual en la historia, es aquella en la que se evade el diálogo con Dios y se toma de sus atributos para volverlos contra el hermano de una manera enfermiza.

Cuando leemos el relato bíblico podemos encontrar que Dios intenta un diálogo con Caín a través de las preguntas “¿por qué?” (v.6) y “¿no serías aceptado?” (v.7). Sin embargo, un estilo de vida que demuestra la carencia de comunión con Dios se puede observar a través de su silencio. Caín no responde ninguna de estas preguntas. En lugar de dialogar con Dios, de ponerse en contacto con el Infinito, se vuelve contra su hermano y lo mata.

Las “razones” de Caín son un tanto comprensibles si se piensa en el contexto. Hijo de padres primerizos y primogénito de estos, Caín tal vez gozó por un largo periodo de tiempo la posición del preferido.[3] Ahora, en un momento, tal vez por primera vez, su hermano goza de preferencia sobre él. Y el que lo prefiere es Dios. En su mente podría haberse preguntado “si estoy ofreciendo la ofrenda correcta pero Dios no me acepta, ¿por qué Dios sí acepta a mi hermano que ofrece una ofrenda imperfecta?” (cf. 1 Juan 3:12).

En el diálogo que Dios intenta (Génesis 4:6-7), su intención es rectificar la actitud de Caín, no su ofrenda. Sin embargo, Caín se concentra en su ofrenda y su rechazo. Al no encontrar una respuesta divina que le convenza, se levanta contra su hermano. En otro momento de silencio que registra el relato (Génesis 4:8 NVI) se podría encontrar el motivo del asesinato de su hermano: El rechazo del diálogo con Dios, la supremacía del yo y la imposición de la prerrogativa divina en contra del hermano.

Cuando nosotros jugamos a Dios lo hacemos generalmente desde dos perspectivas, una positiva y una negativa. Al parecer estas actitudes son opuestas entre sí, pero en realidad están unidas bajo el mismo común denominador, el Yo.

a. Perspectiva Negativa

No es raro escuchar comentarios de críticas entre nosotros respecto a las ofrendas de nuestros hermanos. Tratamos de jugar a ser Dios y decidir por Él lo que es aceptable o no lo es. Cuando algo no llena nuestra expectativa artística o no se puede evaluar bajo los estándares estéticos con los que nos sentimos cómodos, se lo adjudicamos a Dios. Expresamos que Él no acepta ese tipo de música, cuando en realidad somos nosotros los que no estamos cómodos con ella. Todavía más, generalmente volcamos la crítica no contra la ofrenda en sí, sino que terminamos criticando a nuestro hermano. Lamentablemente, cuando levantamos la voz contra nuestro prójimo, en realidad cometemos asesinato, siguiendo el mismo curso que Caín siguió con su hermano.

Desde el punto de vista de Cristo, matar al hermano va más allá de nuestros estándares de “derramar sangre.” Basta con ofenderlo o llamarlo “ignorante” (cf. Mateo 5:22). Basta con etiquetarlo de “liberal,” de “doble cara,” de “mundano,” de “frío tradicionalista,” de “fanático,” etc. Jugar a Dios no tiene límites. Significa creer que entendemos cómo Él piensa, qué gustos tiene o cómo es que decide.

La Biblia es clara que Dios establece sus juicios bajo perfecta justicia y equidad (cf. Salmos 19:9; Apocalipsis 16:7) y que dichos juicios se llevan a cabo individualmente (cf. Jeremías 31:29-30). Sus juicios se llevan a cabo de acuerdo a los actos individuales de las personas. Además, estos juicios se llevan a cabo única y exclusivamente por Cristo (cf. Juan 5:22). En otras palabras, tomamos el lugar de Dios y de Jesús al juzgar a nuestro hermano sobre la base de sus ofrendas, su música, o su estilo. En última instancia, juzgar a nuestro prójimo significa que despreciamos los justos juicios de Dios y que creemos que podemos establecer lineamientos más grandes y más apropiados que los que Él, en su infinita sabiduría, puede proporcionar.

Cuando tengamos la tentación de criticar la ofrenda de nuestro hermano, pensemos en otros dos ofrendantes descritos años más tarde en el NT. y que aquí presentamos a modo de ironización:[4]
10 Dos adoradores se presentaron en el templo a ofrecer su música: uno era músico estudiado, y el otro músico lírico. 11 El estudiado, puesto en pie, cantaba pensando para sí mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros músicos, rockeros, populares, seculares, ni aun como este que “toca de oído”; 12 presento mi alabanza de la manera más profesional pues practico todos los días. 13 Mas el lírico, un tanto distante del micrófono, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se cohibía, pensando: Dios, acepta mi alabanza, pues aunque no está presentada de la mejor manera, es lo mejor que pude ofrecerte. 14 Os digo que éste último descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido.
b. Perspectiva “positiva.”

Otra manera, un poco más sutil que la anterior, en que jugamos a ser Dios es al expresar nuestra aprobación (generalmente en forma de adulación) por las ofrendas de nuestros hermanos.

Si bien el apóstol Pablo mandó motivarnos, estimularnos y exhortarnos unos a los otros (cf. Hebreos 10:24-25), a veces caemos en la equivocación de pensar que tenemos el derecho de aprobar la ofrenda y por lo tanto al ofrendante.

Esta forma “positiva” de jugar a Dios es un tanto traicionera, pues se esconde bajo la apariencia del amor mutuo. Damos preferencia a un grupo de personas o estilos que nos elevan personalmente, que son de nuestro gusto personal, o que siguen nuestra propia agenda. Pero además también evitamos todos aquellos que no cumplen con nuestras expectativas personales. Todo esto se hace en nombre de Dios. Asegurando que Dios se complace con estas ofrendas y con las otras no. Felicitamos entonces a todos aquellos que cumplen con nuestros gustos y les aseguramos que Dios los acepta.

De nuevo, esta es una forma muy sutil de jugar a ser Dios. Como Iglesia tenemos el deber de edificarnos unos a los otros. Lamentablemente, la mayoría buscamos la edificación propia antes que la del hermano. Cuando hemos sido edificados tenemos la tendencia a igualar nuestra edificación con el gusto de Dios. Y, aunque Dios encuentra gusto en la edificación de su Iglesia (cf. 2 Corintios 12:19; Efesios 4:12-13; etc.) nos atribuimos sus prerrogativa de juicio al aprobar algo en su nombre.

¿Quién nos reveló qué tipo de música le gusta a Dios? ¿Quién nos dijo cuál es el tipo de cadencias que le gustan a Dios? ¿Qué estilos musicales le apetecen? ¿Qué instrumentación prefiere? ¿En qué afinación prefiere la música? ¿Dónde podemos encontrar a alguien que nos diga cómo es la música divina?

Pocos seres humanos han sido testigos audibles de la música del cielo. Entre algunos de ellos podemos encontrar al Pueblo de Israel en el Sinaí (Éxodo 19:16), uno de los descendientes de Coré (Salmo 4:8), el apóstol Juan (Apocalipsis 5:9),[5] y, la persona más cercana a nuestra época que lo haya registrado, Elena White. Esta última, en referencia a la música que escuchó en visión dijo:
He quedado arrobada al escuchar la música perfecta que se oye allí. Después de salir de la visión, el canto terrenal me pareció muy áspero y discordante.[6]
En lugar de describir el estilo, la instrumentación, o el tipo de música que escuchó, más bien destacó el atributo divino que se escuchaba de la misma, era “perfecta”. Ni una palabra más.[7] No poseemos, entonces, de alguna base para aprobar (o desaprobar) algún tipo de música. Hacerlo, sería tomar una derecho divino que, ni siquiera los que sí escucharon esa música (en su contexto) se atrevieron a hacer.

Jugar a Dios en forma “positiva” a menudo nos llevan a exaltar el medio de adoración y olvidar al Ser a quien adoramos. Sería una experiencia más edificante (y una muy buena costumbre), al finalizar de una alabanza que nos elevó, elevar una corta oración al Espíritu Santo pidiendo que, con “gemidos indecibles” (Romanos 8:26) lleve esa ofrenda al trono celestial y la “acomode” o “arregle” de forma que sea recibida como un sacrificio de olor grato al Señor.

Debemos recordar, además, que nadie jamás ha ofrecido una adoración perfecta. No lo hace mi prójimo, tampoco lo hago yo. Solo seremos capaces de ofrecer alabanzas perfectas en el cielo:
Habrá allí música y canto tales como, salvo en las visiones de Dios, ningún mortal ha oído ni concebido ninguna mente.[8]
En este contexto, sería bueno que la próxima vez que seamos tentados a ofrecer o aceptar una felicitación por la ofrenda recibida tomemos la actitud del ángel que estaba por recibir honra de Juan (cf. Apocalipsis 22:9) en una situación un poco más comprometedora. En lugar de ser “celebrado”, dirigió la atención del adorador hacia Dios.

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Autor: Abner L. Perales. Licenciado en Enseñanza Musical (Universidad de Montemorelos). Estudios en Teología. Magister en Dirección Instrumental (Andrews University). Pastor asociado en la Conferencia de Arizona y ministro de música en la Iglesia Hispana en Phoenix, Arizona.

Referencias


[1]Basado en Génesis 4:6-8; Lucas 18:10-14; y 1 Juan 3:12.

[2]“Si Cristo no es el Primero” por Jader Santos.

[3]Considere el significado de su nombre, por ejemplo, que se puede traducir como “he adquirido” o aún “he creado,” además de que el registro bíblico ni la pluma inspirada no mencionen alguna llamada de atención de parte de Adán y Eva a Caín, ni antes ni después, pese a su actitud declarada en contra de Dios. (cf. Elena de White, La historia de los patriarcas y profetas (Coral Gables, FL.: Asociación Publicadora Interamericana, 2001), 54.

[4]Esta representación caricaturesca del Fariseo y del Publicano está basada en Lucas 18:10-14. Lea el lector primero la versión bíblica y después esta.

[5]Que, forzando un poco la interpretación del texto, pudo escuchar el estilo, la música y la letra del canto de los redimidos, en un evento en el futuro. Lamentablemente, sin describir alguna de las características anteriores.

[6] Elena G. de White, Joyas de los Testimonios (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1978), 1:46.

[7] Además, se debe recordar que Dios siempre habló y habla a sus profetas en un marco en el que ellos pudiesen comprender (en su Sitz im leben o “situación de vida”, como se conoce en Teología). Así que probablemente la “música celestial” que ella escuchó fue tan solo una emulación de música del siglo XIX que apeló a su gusto y comprensión que ella podía soportar y comprender.

[8] Elena G. de White, La Educación (Coral Gables, FL.: Asociación Publicadora Interamericana, 2004), 296.

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