¿Identidad cristiana o identidad denominacional?



¿Identidad cristiana o identidad denominacional?

Eduard David Quiróz

Como pueblo cristiano nos identificamos con las enseñanzas de Jesús, y vivimos de acuerdo a los principios que revelan las Escrituras, las cuales reconocemos como inspiradas por Dios. Podemos decir entonces, que tenemos una identidad cristiana con la cual proclamamos el mensaje de salvación. No obstante, esa identidad está acompañada por otra que es propia de la denominación que formamos parte, y que tiene que ver con nuestras creencias y prácticas particulares. Esta última por extraño que parezca, tiene un valor que no siempre se lo reconoce; acaso el mismo valor que la identidad cristiana, ya que en la proclamación del Evangelio el mensaje es predicado bajo los parámetros de esta identidad aunque no siempre seamos conscientes de ello.


El cristianismo en la actualidad

Al observar la Iglesia Cristiana en la actualidad podemos ver una diversidad realmente sorprendente. Alguien podría preguntar por qué hay tantas diferencias y discusiones en una religión que profesa el amor a Dios y al prójimo. Estas diferencias tienen que ver con las doctrinas que forman las declaraciones de fe, la música en la adoración, con las formas de culto, etc.

En el cristianismo actual existen una gran cantidad de iglesias y denominaciones, cada una de ellas con creencias y prácticas diferentes. Esto se debe en gran parte a la tarea hermenéutica que lleva a las distintas interpretaciones, algunas con influencias liberales y otras más adheridas al fundamentalismo. Es decir, que cada iglesia estableció sus creencias y prácticas particulares que reflejan el ser de la iglesia en su proceder, esto es su identidad denominacional. Sin embargo, no siempre se menciona desde donde se interpreta, es decir; ese bagaje de tradiciones, formas y costumbres que acompaña a la denominación desde su fundación y que la distingue de las demás. Este es un factor muy importante, ya que esta identificación condiciona de alguna manera lo que la iglesia cree, y lo que la misma predica se encuentra influenciado por esta identidad de tal manera que no puede separarlo del mensaje cristiano. Tratar esta cuestión implicaría reconocer el valor de las tradiciones en las comunidades protestantes y como las mismas determinan la identidad denominacional que cada institución asume aparte de su identidad cristiana.

Es necesario mencionar que por identidad no nos referimos a la identidad protestante histórica, sino más bien a la identidad asumida por doctrinas particulares y prácticas de una denominación, a lo que también podemos llamar tradición denominacional.

El hecho de formar parte de una denominación cristiana hace que creamos en ciertas doctrinas y que rechacemos otras, que nos acostumbremos a ciertas formas de adoración, a distintos estilos de música, de oración, etc. Con todo, aunque parezca mentira muchas de estas cosas no tienen necesariamente su fundamento en las Escrituras. Es por eso que hay tanto desacuerdo para estas cuestiones, porque cuando tomamos postura, lo hacemos influenciados por esta identidad en la que estamos inmersos. Un ejemplo de esto puede ser que como adventistas estamos acostumbrados a una actitud en el culto. Supongamos que tengo que predicar, y al salir al púlpito hago la oración de invocación con las manos en alto y en un tono más ferviente, seguramente para muchos no estará correcto (por lo menos en las iglesias de Buenos Aires). Y ni hablar si acompañamos los cantos con palmas, o si se invita a un grupo musical y éste aparece con instrumentos de percusión o con ritmos diferentes. Ahora bien ¿Dónde dice la Escritura que no se puede levantar las manos para orar? ¿Dónde dice que no se debe aplaudir? ¿Quién determina los instrumentos que se pueden usar en la alabanza? Si la Biblia no prohíbe tales prácticas ¿por qué lo hacemos? La respuesta es que lo hacemos por nuestra propia tradición, porque la identidad que adquirimos no se identifica con tales prácticas. Entonces surge la pregunta: ¿Cuánto peso tiene nuestra identidad denominacional, que no nos permite movernos de ciertas formas que las Escrituras no prohíben? ¿Será que en ciertos casos tiene el mismo peso que la Biblia?

Asimismo, otras iglesias más carismáticas no cambiarían su forma de adoración porque perderían su identidad, no la cristiana; sino la denominacional, y esto no tiene que ver con las Escrituras, sí con las tradiciones de cada iglesia.

Se podrá argumentar sin embargo, que cada iglesia tiene necesariamente que definir lo que cree, que las denominaciones son resultado del transcurso de la historia de la Iglesia y que las tradiciones de las mismas son simplemente la transmisión de costumbres, creencias y doctrinas que conservan lo que es propio de cada denominación, lo cual es cierto. Y que además, en la actualidad nada indica que la situación pueda cambiar debido al peso que tienen las identidades denominacionales.

Sin embargo, si hacemos esa lectura de la realidad de la Iglesia, tenemos que decir que entonces no hay una preocupación desde el mismo cristianismo por ofrecer ante la sociedad una respuesta sobre de las diferencias existentes en los distintas denominaciones. Y tampoco ante las discusiones superfluas entre los mismos cristianos por demostrar quién está en lo que sería la “verdad”. Aquí debemos hablar de una honestidad de nuestra parte, ya que un enfoque dogmático no permitiría un examen riguroso de la situación. La posibilidad de reflexionar alude a plantear el tema de un modo diferente, y el observar la realidad de la iglesia en este aspecto; invita a repensar las cosas con una visión crítica de la situación actual.
Si nuestro fundamento se basa solo en las Escrituras, no encontraríamos en ella base para explicar prácticas, costumbres y formas como las únicas verdaderas. Esto sólo lo encontramos en las tradiciones que hacen a la identidad de cada una de las denominaciones, es decir, son verdaderas para los que forman parte del grupo religioso que las cree.

Parece que cada comunidad cristiana instaura, establece y crea una realidad en la cual vivir el cristianismo, y en ella encuentra su identidad; una identidad a la que sería impensado renunciar o cambiar, siendo así del mismo valor que la identidad cristiana.

A veces estas identidades son tan fuertes que algunos llegan a hablar de verdad y error, o lo que es peor, de salvación y perdición. Un ejemplo de esto puede ser que, mientras unos sostienen que se debe sentir una atmósfera diferente en cada culto y que debe haber manifestaciones sobrenaturales como evidencia de la presencia de Dios; para otros, esto es la prueba de que Dios no está en esos lugares. Esto sucede porque se dogmatizan las formas y creencias, no pensando en otra posibilidad. Incluso hasta algunos teólogos llegan a decir que hay cristianos que se perderán por no aceptar tal o cual creencia; aún cuando éstas tienen múltiples interpretaciones y son totalmente discutibles. Evidentemente el peso de las tradiciones, en muchos casos condiciona también al teólogo profesional, quien posee habilidades y destrezas para investigar, analizar, interpretar y comunicar cuestiones teológicas. De este modo, la situación empeora, ya que se espera de parte del profesional una responsabilidad y una honestidad intelectual que permita un análisis crítico para tratar un tema desde distintas perspectivas, y no sólo desde una.

Nuestra identidad como cristianos

A pesar de lo expuesto hasta aquí, es necesario mencionar que es imposible eliminar las tradiciones, y que no se pretende una sola forma de iglesia. Sino que es en esta multiplicidad en donde debemos encontrar nuestra identidad cristiana y solucionar esta problemática. Si hay algo que debemos valorar en el cristianismo es la diversidad y la posibilidad de debatir e interpretar diferente, siempre que halla respeto para escuchar y que el objetivo sea buscar la verdad, una verdad que siempre ha sido progresiva y nunca absoluta. Es necesario comprender que diferenciar lo que es mandato bíblico de lo que es identidad denominacional; no debe, ni tiene que ser un problema para quienes somos miembros de alguna denominación cristiana. El problema sería no saberlo, no reconocerlo o no querer admitirlo, porque no se trata de no tener errores; sino de que estemos al tanto de la situación en la que se encuentra la iglesia en la actualidad y que podamos hacer algo más que solamente defender nuestras posturas.

Pienso que como pastores o líderes debemos atender esta cuestión para ser más francos con nosotros mismos, con la congregación y con la sociedad que nos observa. Hagamos lo posible para que los miembros puedan distinguir donde se halla el fundamento de lo que profesan. Que el hecho de formar parte de una denominación y la implicancia de creer determinadas doctrinas; no nos prive de la posibilidad de aprender, y comprender que no hay doctrina más importante que el amor a Dios y el amor al prójimo.

Cuando somos capaces de admitir esto, nuestro diálogo entre cristianos se plantea de una manera más sincera, y de esta modo se podrá preparar un terreno de convivencia en el que todos sepamos el lugar que ocupan nuestras creencias.

 Sólo así, surgirá aquello que es verdaderamente importante, saber que tenemos la Verdad si tenemos a Cristo.


El presente artículo es parte de un trabajo de tesis 
requerido para el programa de Maestría en Teología 
en el South African Theological Seminary. 

David E. Quiróz.  Bachiller Superior en Teología por la Facultad Argentina de estudios Teológicos de la Iglesia de Dios, candidato a Master en Teología (SATS). Miembro de la Iglesia Adventista del Séptimo Día de Lanús Oeste, Buenos Aires, Argentina. 




1 comentario:

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