La música: ¿neutral o moral? - Primera parte




La música: ¿neutral o moral? 
PRIMERA PARTE 
Análisis del vídeo # 4 de Oliver Coronado

Juan Francisco Altamirano

Si es cierto lo que enseña sobre la música,
Dios podría ser acusado de abusar de quienes lo adoran.

Hacer música es crear arte con ritmo, con melodía, y con armonía. En este sentido podríamos decir que la música es la más completa de las artes. Expresa estados humanos que no pueden ser transmitidos por medio del lenguaje convencional. Es el lenguaje universal de todas las culturas.

Quien sabe crear música se hace entender con belleza. Es capaz de hacer más soportable la vida de otros, de servir sorbos de ese elixir llamado amor, de renovar las ganas de abrazar con el corazón, y de levantar la esperanza por un horizonte mejor.

La música, como un medio para adorar a Dios, es sólo eso, un medio. No se vale hacer de ella un ídolo a cuyos pies se ofrenden infamias, epítetos, etiquetas, o enemistades contra otros, solo porque esos otros cultivan otra expresión, también única, diferente a la nuestra para adorar al mismo Dios. 

Dialoguemos sobre el tema de la música que ocupamos para expresarle a Dios lo que sentimos, mientras ejecutamos con maestría la más importante de todas nuestras partituras: el amor a Dios entre nosotros.

El presente documento es un análisis que procura contribuir a ese diálogo. Aunque la exposición que se examina tiene un comunicador con nombre propio, Oliver Coronado, no es la intención emitir juicios sobre sus motivos. Hacerlo sería profanar ese sitio sagrado al que solamente Dios tiene acceso: la conciencia. Este análisis es hecho bajo la licencia que le damos a nuestras audiencias a quienes impartimos conferencias. Gracias a nuestro hermano Oliver por grabar lo que dijo porque ahora podrá leer otra de tantas impresiones.

Lo bueno, lo accidentado, y lo mejorable 

Con la meta de intentar ser justo y constructivo a través de este análisis, lo he estructurado en cuatro partes: Primero: Lo que aprendí. Segundo: Lo que recordé. Tercero: Lo que no me pareció, y por qué… Y cuarto: Lo que me impresionó.

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Primero: Lo que aprendí…

La experiencia de revisar cuidadosamente una y otra vez las enseñanzas de Oliver Coronado, me ha llevado a preguntarme si mis opiniones no se tratan solamente de eso: de mis propias opiniones. Me ha movido a descubrir más allá de lo que se dice detrás de un micrófono, a separar la oratoria para saber encontrar el sustantivo de todo mensaje, y me ha ayudado a reconocer que la verdad no es de mi propiedad, ni de mi iglesia, ni de ninguna religión, sino sólo le pertenece a Jesucristo.

Segundo: Lo que recordé…

No encontré nada más grato en la presentación que la lectura del Salmo 139:13, 14, y 17 (min. 3:40), para recordarme la maravilla de Dios en la creación del ser humano, y Oliver Coronado lo transmite inspirando fe fresca, con una expresión muy natural, propia de quien se goza ser eso: una maravilla de Dios. Lo que dice el salmo nos involucra… ve y léelo por tu cuenta.

Además recordé en el minuto 5:32 que, “fue a través de los sentidos que Satanás tentó a Eva”. El hermano Coronado nos lleva a 2 de Corintios 11:3 en el que el apóstol Pablo expresa su temor que a través de nuestros sentidos seamos extraviados de nuestra fidelidad a Cristo. No puede ser más oportuna esta bandera de advertencia. Todos la necesitamos.

Conscientes que nuestros sentidos pueden traicionarnos, avancemos con la oración del salmista en nuestros labios: “Abre mis ojos para que vea las verdades maravillosas que hay en tus enseñanzas” (Salmo 119:18).

Tercero: Lo que no me pareció, y por qué… 

Desde el minuto 5:35 Oliver cita un estudio a cargo de los alemanes, Von Gerbert y H. Harrer, para afirmar que “la audición tiene el mayor efecto sobre el sistema nervioso autónomo”, y además, se refiere a Edward Podolsky, quien dice que “escasamente existe una función del cuerpo que no sea afectada por las pulsaciones y combinaciones armónicas de los tonos musicales y del sonido”.

En resumen, la música se experimenta en todo el cuerpo. Sin embargo, faltó aclarar que ninguno de los tres autores citados sostienen con esas declaraciones que el poder de los sonidos musicales tenga semejante poder de anular la capacidad de juicio, de razonamiento, la fuerza de voluntad, y el libre albedrío, del que gozamos los seres humanos.

“Sabe que el oído tiene funciones interesantes, y que la Biblia describe algunas de ellas”, añade Oliver en el minuto 8:38, y lee Génesis 3:8: “Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día…”. 

Concordamos en que Adán y Eva reconocieron la voz de Dios por medio del sonido de la voz, pero no podemos inferir con eso que sea posible reconocer hoy la misma voz a través de los sonidos captados por nuestro oído, aclaración ausente en la presentación, porque no existe ninguna grabación de la voz de Dios para examinar, comparar, y diferenciar de otras voces. Oliver Coronado tampoco afirma que se pueda.

En el minuto 12:29 se cita Ezequiel 1:24, que dice, “oí el sonido de sus alas cuando andaban, como sonido de muchas aguas, como la voz del Todopoderoso, como ruido de muchedumbre, como la voz de un ejército”, y lo usa para ilustrar que “el oído también puede decirnos el timbre del sonido”, y sus palabras generan un amén al afirmar a son de pregunta que “es maravilloso lo que Dios ha hecho con nosotros”. Y entonces, para darle legitimidad a lo que continuará diciendo él advierte a partir del minuto 13:24: “Pero apenas estamos comenzando, y las maravillas van a ser tremendas”. Dentro de este contexto de “maravillas” pareciera decirnos que la siguiente pregunta retórica es una de ellas: “Por qué Dios dio principios en la Palabra para nosotros entender qué música es la que le gusta” (13:36).

Oliver Coronado, como todo sincero cristiano, en su interés por agradar a Dios, deja entrever cierta capacidad de descubrir en la Biblia algo que el Eterno mismo no nos ha revelado: la música que le gusta. Más aún, de acuerdo a las Escrituras, no es posible afirmar que Dios tenga solamente un gusto musical.

Por sus sonidos sublimes como es reconocida el arpa, entendemos que a Dios le agrada la música suave, reflexiva, y solemne (Salmos 43:4), pero lo solemne de ella no evita que el profeta Isaías se refiera a la “alegría del arpa” (Isaías 24:8). Por la rica sonoridad de las cuerdas del salterio, a él también le gusta la música que exprese júbilo. Pero ambos instrumentos no se excluyen, en varios salmos se combinan el arpa y el salterio (33:2; 57:8). Por otro lado, igual es de su agrado de acuerdo a la ocasión, valerse de los instrumentos de viento, como la trompeta y la bocina, ya sea para atraer la atención de su pueblo (Números 10:2), o para adorarle según se nos dice en el Salmo 98:6: “Aclamad con trompetas y sonidos de bocina, delante del Rey Jehová”.

Y cuando quiere adornar a su pueblo, Dios mismo escoge los panderos para engalanar el encuentro, dice Jeremías 31:3, 4: “Jehová se manifestó a mí hace mucho tiempo, diciendo: Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia. Aún te edificaré, y serás reedificada, oh virgen de Israel; todavía serás adornada con tus panderos, y saldrás en alegres danzas”. Y en relación al orden de los panderos en la adoración, el camino es el siguiente: “Vieron tus caminos, oh Dios; los caminos de mi Dios, de mi Rey, en el santuario. Los cantores iban delante, los músicos detrás; en medio las doncellas con panderos. Bendecid a Dios en las congregaciones; al Señor, vosotros de la estirpe de Israel” (Salmos 68:24-26). A esta variedad de instrumentos, también sumemos a su preferencia, la flauta y el címbalo (Salmos 150:4, 5).

¿Cuál será entonces la música que le agrada a Dios? Yo no lo sé. Nadie lo sabe. Ni siquiera nuestro hermano Oliver, aunque él en su introducción establezca la premisa de que “Dios ha colocado pautas sobre la música”, y “pautas sobre los instrumentos”, y “principios que la rigen” (min. 1:35). Podemos estar de acuerdo o no con su percepción de que él sepa las preferencias musicales de Dios, pero la nuestra también sería otra percepción. Dios es Dios, y no es un ser limitado como nosotros, y menos por nosotros.

La música que le agrada a Dios según los usos de todos los instrumento sería variada, de acuerdo al momento, como lo permita el arte de combinar los instrumentos con los giros artísticos singulares de cada uno. Es más, pienso que ni siquiera lo que leemos en la Biblia es suficiente para definir las preferencias artísticas de Dios. Resumir sus gustos en un libro sería pretender despojarlo de toda su creatividad. Sigamos conscientes de esa limitación…

A partir del minuto 13:43 Oliver habla de la relación del oído con el cerebro, y afirma (14:36), que “todo el sonido llega al cerebro sin pasar por ninguna alcabala”. De acuerdo al Diccionario de la Real Academia Española entendemos por “alcabala” como el “puesto de policía en las salidas de las ciudades y carreteras”. ¿A dónde desea apuntar él con esto? En sus propias palabras (15:05): “La música llega directo al cerebro y no hay nada que la detenga”, o también de la siguiente manera (16:05): “Esto es serio… porque la música no le pide permiso al cerebro para que ya comience a haber una reacción en el cuerpo” (El énfasis en negrita es agregado). 

Como el mismo hermano Coronado dice en el minuto16:12, “vamos a profundizar un poco”. Si es como él da a entender, que los seres humanos estamos a merced de la música sin que nuestro cerebro pueda intervenir, es decir, violando nuestra voluntad propia, entonces cuando alabamos a Dios con la música, podría tratarse de una medida de manipulación y de control por parte de Dios, porque lo haríamos sin ninguna alcabala. ¿Es esto cierto? No puede ser. Dios pide que le adoremos con el “entendimiento”, y en el entendimiento tenemos la alcabala de la voluntad, y la del juicio. En 1 de Corintios 14:15 leemos: “¿Qué pues? Oraré con el espíritu mas oraré también con entendimiento; cantaré con espíritu, mas cantaré también con entendimiento” (Énfasis agregado). La palabra entendimiento en el idioma original griego de este pasaje quiere decir, “la facilidad psicológica de entender, razonar, y decidir”. Es el mismo vocablo que usa en Romanos 7:25 cuando dice, “con la mente sirvo a la ley de Dios”.

Ahora en el minuto 16:37, aparece el siguiente párrafo atribuido a Elena G. de White, que parece sugerir algo a favor del punto del hermano Coronado. Veamos: 

“Me sentí alarmada, cuando vi por doquiera la frivolidad de hombres y mujeres jóvenes que profesan creer la verdad. Tal parece que Dios no está en sus pensamientos. Tienen la mente llena de tonterías. Su conversación es vana y vacía. Tienen el oído aguzado para la música y Satanás sabe qué órganos excitar para animar, monopolizar y hechizar la mente a fin de que Cristo no sea deseado” (El énfasis en negrita es agregado). 

Dije más arriba que se trata de un “párrafo atribuido a Elena G. de White”. El hermano Oliver usa esta cita para dar a entender que Satanás toma control de la mente humana por medio de la música. Tal interpretación sería tendenciosa si se la considera con cuidado. Sin embargo, es comprensible que Oliver caiga en ese desliz interpretativo, porque lo que él lee en el idioma español, no es lo que se lee en el idioma inglés. Al profundizar se descubre que tanto el vocablo monopolizar (en inglés engross) como el vocablo hechizar (en inglés charm) pudieron ser traducidos de manera más precisa. En realidad, la palabra engross significa “absorver, cautivar”. Y el vocablo charm, significa “encantar, embelezar, cautivar”.

El sentido de esta cita en inglés nos permitiría traducirla del siguiente modo: “Satanás sabe qué órganos excitar para animar, absorver y embelezar la mente a fin de que Cristo no sea deseado”. De ningún modo esta cita podría ser usada para probar que Elena G. de White está hablando aquí de posesión demoníaca o de un control mental que priva a la persona de su libre albedrío o de su capacidad de juicio.

Seguido ofrezco la cita tanto en español como en inglés para que el lector pueda apreciar el sentido de esta en el idioma original.


Pero esto no es suficiente acerca de la cita. Al leer su contexto notamos que ella no se refiere a la música para la iglesia, sino a la música popular de aquellos días, por lo tanto, aunque la cita puede ser usada para hablar de la influencia de la música sobre la mente, debe aclararse de qué clase de música se habla en el contexto.

Luego, a partir del minuto 17:30 el hermano Coronado cita el experimento de dos científicos del que se vale para concluir (18:45), que “cuando la música entra a tu cerebro ya no hay nada que detenga la reacción”, y luego apela (19:02): “Porque cuando la música ya entra al cerebro, joven amigo que me escuchas, ya tú estás reaccionando a ella”. De ahí que él recomiende lo siguiente como medida protectora contra la música (19:10): “Aquí lo que nos queda mis hermanos, es definitivamente como José, cuando fue atacado por la esposa de Potifar… lo que nos queda es correr. Quitarla. No escucharla”.

Analicemos. Si es cierto que cuando la música entra al cerebro las personas ya están reaccionando a ella, entonces estaríamos en serios problemas. Será posible imaginarnos las barbaries vulgares que haríamos todos en la sociedad si los seres humanos estuviéramos a plena merced de toda la clase de música que involuntariamente nos invade por los oídos, en los lugares públicos como el mercado y el autobús, por ejemplo. Aclaremos algo aquí: el hecho que la música influya en las emociones y en los sentimientos, o que provoque movimientos en las manos, en los pies, y que acelere los ritmos del corazón, etc., no quiere decir que la música viole la voluntad y la capacidad dada por Dios de tomar decisiones morales. No confundamos una cosa con la otra. Aceptar la conclusión del vídeo sería atribuirle al mal un poder que éste no posee. En palabras de Elena G. de White: “Nadie, sin su propio consentimiento, puede ser vencido por Satanás. El tentador no tiene el poder de gobernar la voluntad o de obligar al alma a pecar. Puede angustiar, pero no contaminar. Puede causar agonía pero no, corrupción” (Conflicto de los siglos, p. 500. El énfasis en negrita e itálica ha sido agregado).

A partir del minuto 21:48 se introduce el caso de David con el arpa y el atormentado estado de Saúl (1 Samuel 16) para sostener el argumento que la música tiene poder, algo con lo que debemos estar de acuerdo. Sin embargo, la misma cita de Elena G. de White de Conflicto y valor (p. 159) que el hermano Coronado nos trae, aunque informa “que los hábiles arpegios de David sedaban el espíritu acongojado de Saúl”, no sostiene que la música tenga el poder de sedar el libre albedrío y la capacidad de tomar decisiones morales. Por otro lado, algo que Coronado no menciona sobre Saúl es que no siempre “la influencia de los sublimes acordes” de David lograban los mismos resultados. Leamos 1 Samuel 18:10: “Mientras David tocaba el arpa como solía, Saúl, que tenía una lanza en su mano, se la arrojó”. Este ejemplo desvanece la siguiente conclusión de Coronado (18:45): “cuando la música entra a tu cerebro ya no hay nada que detenga la reacción”. El caso de Saúl confirma que su conclusión no pasa la prueba. En Saúl hubo algo que detuvo la reacción: su propia voluntad rebelde.

En el minuto 24:01 el hermano Coronado hace una declaración sorprendente. Después de haber citado los escritos de Elena G. de White, le concede a ellos un lugar que ella misma nunca aceptó; captemos las palabras de Coronado: “¡Qué tremendo, la misma escritura dice lo que dice la ciencia!...”, refiriéndose así a los escritos de la Sra. White que acaba de citar. 

Es muy contrario a la siguiente recomendación que ella misma hace sobre el uso de sus escritos: “Los testimonios de la Hna. White no deben ser presentados en primera línea. La Palabra de Dios es la norma infalible. Los testimonios no han de ocupar el lugar de la Palabra”, (El evangelismo, p. 190). Al llamarle “escritura” a las líneas de Elena G. de White, el hermano Oliver parece desconocer el lugar subordinado a la Biblia que ella misma le daba a sus escritos.

Cuarto: Lo que me impresionó… 

¡Qué privilegio el de los mortales! Dios se hizo como uno de nosotros. Nos llegó vulnerable, desde una célula igual a otra criatura dependiente de un frágil cordón umbilical, alojándose en el vientre estresado de una adolescente calumniada por su repentino embarazo. Así eligió nacer. ¿Y su misión? Revelarnos a Dios.

Su encarnación nos plantea inquietudes tanto teológicas como otras afines al tema de nuestro análisis: Si la música que Jesús disfrutó en su vida sería la preferida por la Deidad en las cortes celestiales. ¿Y cuál habría sido esa música si Dios si se hubiera encarnado, no en el pueblo hebreo sino, en cualquiera de las naciones africanas, o sudamericanas, o del Caribe, por ejemplo? Sin tener que afrontar ahora la tarea de especular para responderlas, recordemos que Jesús elevaba su entorno cotidiano con música vocal. Elena G. de White nos corre el velo de ese lado artístico del Nazareno: “A menudo expresaba su alegría cantando salmos e himnos celestiales. A menudo los moradores de Nazaret oían su voz que se elevaba en alabanza y agradecimiento a Dios. Mantenía comunión con el Cielo mediante el canto; y cuando sus compañeros se quejaban por el cansancio, eran alegrados por la dulce melodía que brotaba de sus labios. Sus alabanzas parecían ahuyentar a los malos ángeles, y como incienso, llenaban el lugar de fragancia. La mente de los que le oían se alejaba del destierro que aquí sufrían para elevarse a la patria celestial”, (El deseado de todas las gentes, p. 54).

Dos biógrafos del Maestro registraron en sus crónicas que él y sus discípulos despidieron su cena cumbre tras haber “cantado el himno” (Mateo 26:30; Marcos 14:26). ¿Cuál era “el himno”? La tradición hebrea lo titula “Halel”. Conocemos su letra. La misma autora tiene algo que decirnos. Leamos en la página 627 (El deseado de todas las gentes): “Antes de salir del aposento alto, el Salvador entonó con sus discípulos un canto de alabanza. Su voz fue oída, no en los acordes de una endecha triste, sino las gozosas notas del cántico pascual:

“Alabad a Jehová, naciones todas; 
pueblos todos, alabadle. 
Porque ha engrandecido sobre nosotros su misericordia; 
y la verdad de Jehová es para siempre. 
Aleluya”. 

Oigamos la voz de Jesús mezclada entre otras voces…

El himno, reconocido como el Salmo 117 en nuestras biblias, convoca nuestras diferencias igual que lo hizo con aquellos discípulos para unirnos a servir al Dios encarnado, “porque ha engrandecido sobre nosotros su misericordia”.

El autor es escritor residente en el Estado de Idaho, desde donde  colabora como uno de los administradores de HimnovaSion. Actualmente ejerce como pastor en la ciudad de Nampa (Asociación de Idaho). Sus escritos pueden ser leídos en www.jesusvistopordentro.com 
y él puede ser contactado a través de aplantar@gmail.com, o seguido en Twitter: @Jesusvpdentro.

1 comentario:

  1. Estoy muy agradecido con este importante artículo, nos ayuda a razonar con mayor amplitud sobre el tema. Gracias Pastor Altamirano. Sinceramente disfruté leer este artículo.

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