La adoración y las implicaciones del mandato “Id”


Dr. Miguel Ángel Núñez 

A menudo las tradiciones pueden más que la “sana doctrina” (Tito 2:1). La sierva de Dios escribió:

El hecho de que no haya controversia ni agitación entre el pueblo de Dios, no debe ser considerado como prueba concluyente de que se está reteniendo la sana doctrina. Hay razones para temer que no se esté discerniendo claramente entre la verdad y el error. Cuando no se levanten nuevas preguntas por la investigación de las Escrituras, cuando no se presente ninguna diferencia de opinión por la cual los hombres se pondrían a escudriñar la Biblia por sí mismos para asegurarse de que poseen la verdad, serán muchos los que hoy, como en los tiempos antiguos, se aferrarán a la tradición, y adorarán lo que no conocen.[1] 

La investigación de las Escrituras, según la autora, debe generar “nuevas preguntas”, “diferencias de opinión” que no lleven a discusiones estériles, sino a “escudriñar la Biblia por sí mismos”. Cuando eso no ocurre, lo que sucede es que las personas por terquedad terminan aferrándose a la tradición y adorando lo que no conocen.

En religión, el dogma se convierte en una forma extrema de mirar la realidad, y tarde o temprano mina la posibilidad de entender correctamente lo que las Escrituras enseñan.

Cuando se le pregunta a cualquier cristiano ¿cuál es la misión de la iglesia? La respuesta que sale de manera casi automática es, “predicar”. En la forma de entenderlo la mayoría creerá que eso es pararse frente a un púlpito y hacer una arenga de oratoria que solemos llamar “sermón”. Se sentirán contentos si invitan a alguien y esa persona viene a “escuchar” al “predicador”. Muchos más felices estarán si esa persona pasa a un “llamado” y dice “aceptar” a Jesús. Hasta allí una forma común de observar la misión. Pero, ¿dicen eso las Escrituras? ¿Es correcta esa forma de pensar? ¿Corresponde al pensamiento de Cristo el juntarnos en un edificio llamado “templo” (que nada tiene que ver con lo que la Biblia llama templo) para escuchar a un predicador? No son preguntas impertinentes, son cuestiones fundamentales, porque de la respuesta que demos dependerá la forma en que abordaremos la misión dada por Cristo a sus seguidores.

Para entender el concepto, es preciso ir a las fuentes originales de la Escritura.

El mandato

“Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes” (Mateo 28:19-20 NVI).

El mandato de Jesús no está planteado como exhortación ni sugerencia, es una orden dada a sus discípulos que conocen muy bien a Jesús. Es el momento de la despedida, cuando Cristo está a punto de vivir otra etapa, pero deja claramente especificado lo que deben hacer:

1. La orden es, vayan.

2. A hacer discípulos, de entre todas las naciones, no sólo de algunas.

3. A esos discípulos, es necesarios bautizarlos, como símbolo de su aceptación de la muerte y resurrección de Cristo.

4. A esos discípulos bautizados, es preciso enseñarles a seguir las instrucciones de Jesús.

En nuestro afán de cumplir la misión, en ocasiones se olvida el sentido de las palabras de Cristo y en vez de discipular se adoctrina y en vez de hacer lo que el Maestro señala se hacen prosélitos. En ocasiones, ni siquiera eso, simplemente se les da una instrucción previa, se consigue el asentimiento de aceptación y se los bautiza. Es común, que muchos bautizados queden relegados en la iglesia, sin que se cumpla con muchos de ellos, el mandato de enseñarles a vivir de la manera en que Cristo pidió que se hiciera.

Como señala Juan Carlos Ortiz: “Un discípulo es uno que aprende a vivir la vida que vive su maestro y poco a poco enseña a otros a vivir la vida que él vive”.[2] Es un proceso de mimethes (la palabra original para discípulo) que significa “imitación”.

La orden de ir

El mandato dice “vayan”, (id en las versiones más antiguas). Eso implica movilizarse, modificar, cambiar, moverse y no quedarse quieto.

Ir donde están los demás demanda adaptación, flexibilidad y poder entender que las personas no nos esperan y para poder comunicarles adecuadamente el mensaje es preciso adaptarse, es lo que Pablo expresa cuando dice:
“Por lo cual, siendo libre de todos, me he hecho siervo de todos para ganar a mayor número. Me he hecho a los judíos como judío, para ganar a los judíos; a los que están sujetos a la ley (aunque yo no esté sujeto a la ley) como sujeto a la ley, para ganar a los que están sujetos a la ley; a los que están sin ley, como si yo estuviera sin ley (no estando yo sin ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo), para ganar a los que están sin ley. Me he hecho débil a los débiles, para ganar a los débiles; a todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos. Y esto hago por causa del evangelio, para hacerme copartícipe de él” (1 Corintios 9:19-23).

Pablo demostró con su actitud y conducta entender claramente el sentido de la misión encarnacional que Cristo señaló como la forma correcta de vivir la misión. Se hizo siervo para ganar a siervos, judío para acercarse a judíos, sujeto a la ley para que lo escucharan los sujetos a la ley, débil a los débiles para ganarlos. Todo por causa del evangelio.

Ir con el evangelio demanda flexibilidad, para entender que es el mensajero el que debe adaptarse para ser escuchado y no al revés.

Lamentablemente, con la introducción a occidente de ideas provenientes del mundo pagano la misión se cambió.

Constantino introdujo los templos, que durante siglos no existieron entre los cristianos y produjo una liturgia que nada tenía que ver con la sencillez del encuentro personal con Jesús. Se dejó de ir hasta donde estaban los no creyentes y se les pidió a la gente que vinieran a “participar” del “culto”, que en realidad, significaba más bien, venir a ser espectadores de una ceremonia ritual inventada por personas que introdujeron al culto cristiano conceptos de origen pagano.

Con el invento de las homilías y sermones, el asunto alcanzó otro cariz, transformándose la iglesia en un lugar para ir a escuchar a un predicador y observar a un grupo de especialistas que entonaban cantos espirituales. El ritual reemplazó a la estructura simple de adoración de un grupo de fieles que se reunían en sus casas para adorar libremente a Dios.

Lamentablemente en la actualidad se discute sobre ritos y costumbres religiosas que no son bíblicas y cuyo fundamento histórico procede del pensamiento pagano y no de las Escrituras.

Parece lo más natural del mundo invitar a alguien a que “venga” a escuchar la Palabra de Dios. Pero se nos olvida que el “mandato” es “vayan” y conviértanlos en “discípulos”, ni siquiera en prosélitos ni adoctrinados, sino en personas que imiten a un maestro (el seguidor de Cristo), para que una vez que aprenda de ese maestro sea llevado a un escalón superior de compromiso con el Gran Maestro Jesús mediante el bautismo y luego de allí, a una vida de enseñanza en esa nueva forma de vida.

Sin embargo, por más natural que nos parezca el invitar a la gente a venir, el mandato es ir. Eso implica, nuevamente, que el mensajero es quien debe adaptarse.

El ejemplo de Cristo

En el magistral himno que aparece en Filipenses 2 Pablo invita:
“Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:5-8).

A menudo nos resulta muy difícil comprender lo que eso significa. Cristo, el mismo Dios, dejó a un lado su divinidad, dejo de parecer Dios, se disfrazó, cambió, se transformó y se convirtió en “esclavo” (doulos, dice el original) y tomando la “semejanza” humana se humilló a sí mismo, hasta llegar a la cruz.

En otras palabras, si nosotros hubiésemos sido hormigas, Jesús se habría convertido en hormiga para venir a salvarnos. Si amebas, habría sido ameba. Es decir, el mensajero se adaptó y se encarnó en algo comprensible para nosotros los humanos.

Cristo podría haber venido en forma de ángel, pero no lo habríamos reconocido como tal. Podría haber sido un enorme ser gigantesco, pero no nos habríamos identificado con su presencia. Se hizo humano porque de esa forma podríamos sentirnos similares.

Me temo que los cristianos de hoy estemos más enamorados de nuestras formas y tradiciones (de origen no bíblico) que de seguir el modelo encarnacional de Cristo de ir a donde están los pecadores, identificarnos con ellos, para de esa forma acercarlos a la gracia.

Cristo vino con una misión, mostrar al padre, darlo a conocer, por eso Caleb Rosado lo llama “el exégeta de Dios”[3], el que revela al Padre. Pablo lo expresa diciendo:
“Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo” (Hebreos 1:1-2).

Cristo no podía mostrar al Padre si no se adaptaba. No podía llevar a pecadores a los pies de Dios si no estaba dispuesto a flexibilizar y acercarse a ellos, sin exigirles nada, sólo para “hablarles”.

Su forma de hacerlo fue magistral y aleccionadora para todos los que vendrían después hablando en su nombre:

Se acercó a las salidas de las ciudades para hablarles a las prostitutas. No les exigió que se cambiaran de ropa ni que tuvieran una conducta diferente en su presencia. Sólo fue para mostrarle al Padre.

Se acercó a los despreciados, como la samaritana, para exponer a un Dios de misericordia que esa mujer nunca había conocido, porque hasta ese momento la discusión religiosa sólo se centraba en si era lícito “adorar” allí o en otro lugar, sin embargo, nadie se había dignado a ponerse en su lugar y hablarle de manera significativa.

Se acercó a los ladrones profesionales, temidos y odiados, como los publicanos y le dijo a uno de ellos: “Tengo que quedarme hoy en tu casa” (Lucas 19:5), y el hombre bajó desde el árbol gozoso, mientras los ritualistas, los amantes de las formas, se quedaban afuera espantados porque Jesús, el que se decía Maestro, había ido a casa de “un pecador”.

Permitió que una mujer despreciada lo tocara y lavara sus pies; dejó a una enferma que tocara su manto y lo hizo saber a todo el mundo para decirles que él estaba dispuesto a aceptar a los intocables; incluso aceptó la invitación a cenar en casa de Simón, un fariseo corrupto al que todos conocían por su mala fama.

Estos son algunos ejemplos del método de Cristo que no se centraba en formas ni en rituales. Como dice Philip Saaman: “en el programa de Cristo estaba primera y principalmente la gente”.[4]

¡Qué extraño este Jesús! ¡Qué diferente del que me presentan un sin número de sus seguidores de hoy!

Un cristiano que verdaderamente cree en la misión, hará lo mismo, con los demás que no conocen a Cristo. Se acercará a su mundo, hablará su lengua, conocerá sus códigos, vestirá sus ropas, ¡por qué así lo hizo Cristo! ¡Por que Cristo vino a este mundo caído, semejante a un ser humano, para mostrarle a los humanos, un mensaje que no podrían entender si no viniera de otro ser humano!

E. Stanley Jones, escribió en medio de la Segunda Guerra Mundial, cuando ser políticamente correcto era la norma y dijo:

“En el nazismo, el reino de la Raza es supremo y absoluto. Pero no sólo en el nazismo. Muchos tenemos una religión de ser blancos. Cuando existe un conflicto entre el Reino de Dios y el Reino del Ser Blanco, escogemos y actuamos conforme a nuestra raza. Es nuestro dios. No podemos vivir abundantemente a menos que ofrezcamos nuestra raza en el altar de Dios. Entonces podemos parafrasear a Pablo diciendo: ‘Él, siendo en forma de la raza dominante, no lo estimó como cosa a que aferrarse, pero se deshizo de toda reputación y tomando sobre sí la forma de un siervo, fue hecho a la semejanza de hombre... por lo cual, Dios lo exaltó a lo sumo’. ¿Cómo podría ser suprema la raza blanca? Únicamente de una forma: Que la gente blanca llegue a servir a todos... Algunos están dispuestos a servir a algunos —sus amigos, sus familias, su clase social, su raza— pero se rehúsan servir a todos”.[5]

Parafraseando lo que dice Jones: “En las cómodas iglesias cristianas de occidente, el reino de la música sacra es supremo y absoluto. Pero no sólo en dichas iglesias. Muchos tenemos una religión tradicional. Cuando existe un conflicto entre el Reino de Dios y el Reino tradicional, escogemos y actuamos conforme a nuestra tradición. Es nuestro dios. No podemos vivir abundantemente a menos que ofrezcamos nuestra tradición en el altar de Dios. Entonces podemos parafrasear a Pablo diciendo: ‘Él, siendo parte de una iglesia tradicional, no lo estimó como cosa a que aferrarse, pero se deshizo de toda reputación y tomando sobre sí la forma de un siervo, fue hecho a la semejanza de hombre... por lo cual, Dios lo exaltó a lo sumo’. ¿Cómo podría ser suprema la iglesia tradicional? Únicamente de una forma:  Que la gente de las cómodas iglesias bajo el Reino tradicional lleguen a servir a todos... Algunos están dispuestos a servir a algunos —sus amigos, sus familias, su clase social, su iglesia— pero se rehúsan servir a todos”.

Si se cumple la misión de “ir”, entonces, no podemos aferrarnos a la tradición como si fuera sacrosanta, porque, ciertamente no lo es. Es preciso cambiar, modificar y emprender una forma diferente de vida, por amor a los que necesitan escuchar el evangelio.

Misión, adoración y transformación

Muchos cristianos de hoy no quieren acercarse a los pecadores porque temen ser manchados por sus pecados. Quieren que los rockeros, los reggetoneros, los cantantes de rap, los que escuchan pop, se queden en sus guettos, no se acercan a ellos porque sus oídos santos no pueden escuchar esa música que les parece infernal, sin darse cuenta que son pecadores que necesitan el mensaje y no conocen otro idioma que ese. Los cristianos, encerrados en sus cuatro paredes “santas”, les dicen que cuando escuchen la música sacra que ellos, los cristianos “santos” escuchan, entonces sí estarán bien. El mensaje erróneo es que primero deben cambiar antes de ser aceptados por el Maestro de Galilea, idea que no sólo no es bíblica sino que es de factura maligna porque pone a los pecadores en jaque, sin darles el mensaje verdadero de que primero tienes que acercarte y luego Dios hará el cambio en ti.

Eso me recuerda la actitud de los primeros evangelizadores que trajeron las buenas nuevas a Latinoamérica, y de los cuales, tal vez, hemos heredado esa prepotencia de creer que si los “pecadores” no cambian sus ropas y sus formas, no son aptos para el reino de los cielos. No se preocuparon si sus mentes cambiaban, sólo les interesaba que usaran “ropas civilizadas” y “entonaran cantos entendibles”.

Creo firmemente que si Jesús caminara entre nosotros hoy iría a un concierto de rock, porque allí están los pecadores que necesitan ser salvados. Iría a los tugurios de hip hop a escuchar esas melodías cargadas de rabia, violencia y desprecio, para invitarlos con su presencia a contemplar otros cielos, se acercaría a los cantantes de rap, en sus aceras urbanas faltos de esperanza para decirles que hay esperanza, que no se aflijan, que no desmayen. No se dejaría hipnotizar por la música tecno, iría a sus encuentros, y les hablaría del amor de un Padre que está dispuesto a aceptarlos tal como son.

Jesús no se escandalizaría porque Jesús se hizo hormiga para salvar a las hormigas, y no le daría vergüenza acercarse a los más bajos de las hormigas para mostrarles el amor del Padre.

En la disputa que se ha desatado por la adoración, los “cómodos cristianos” en su situación de confort, no están preocupados por los cientos de miles que se están perdiendo. No se alcanzan a dar cuenta que su desprecio por los pecadores, no sólo los aleja, sino que además, los hace poseer un orgullo espiritual enajenante, similar al que tenían los religiosos que en días de Cristo miraban con desprecio al Maestro por acercarse a los “pecadores”.

La zona de confort


Mientras no entendamos la dimensión cultural y la diversidad del mundo en que vivimos, no podremos cumplir la misión dada por Jesús. Con una actitud de superioridad espiritual, lo único que haremos, será encerrarnos cada vez más en cuatro paredes, para “alabar a un dios egoísta” que sólo “espera un tipo de adoración” y, junto a nosotros, en la mente torcida de quienes perdieron el rumbo, “dios se gozaría con nuestra actitud de apartarnos de los pecadores” no “dignos para adorar a un dios santísimo que no acepta las ropas raídas de los pecadores ni su música perversa”.

Recuerdo a uno de mis alumnos. En la ciudad donde él vive el municipio instaló una zona roja. Recluyó a todas las prostitutas en ese lugar, e hizo “legal” la prostitución, sólo en ese lugar sería posible ejercer dicho “oficio”. Un grupo de jóvenes de la iglesia, preocupados por llevar el evangelio a esas mujeres, por las cuales también murió Cristo, ideó un plan que a nadie se le había ocurrido. Se acercaron a los feligreses con más dinero de su congregación y le dijeron que necesitaban dinero para un proyecto misionero. No le dijeron cuál porque temían que no los apoyaran. Cuando reunieron suficiente dinero, un día, en la noche tarde, dos jóvenes y dos señoritas se dirigieron a ese lugar. Se acercaron a una mujer y le preguntaron cuánto valía su tiempo. Ella les dio su precio y ellos le dijeron, bien, te pagaremos eso sólo para que nos escuches. Y le hablaron del amor de Jesús y que él amaba a los pecadores como ella y estaba dispuesto a darle salvación. Fueron una a una, hasta que se les acabó el dinero. Estuvieron casi toda la noche. Muchas de ellas lloraban al escucharlos, otras se quedaban en un silencio reverente. Por varias semanas estuvieron yendo, tres señoritas aceptaron a Jesús como Salvador personal, sin embargo, el joven temiendo la reacción de sus hermanos, les dijo a esas mujeres heridas por la vida y la depravación que no contaran a nadie de dónde venían porque habría gente que no entendería. Cuando lo escuché quise llorar, un testimonio tan hermoso escondido por temor a los santos. Cuando quisieron volver por más personas para hablarles del amor de Dios, un “santo” de la iglesia se enteró y lo amenazó con disciplinarlo por “dar mala imagen de la iglesia”. ¿Desde cuándo es mala imagen acercarse a los pecadores? ¿Desde cuándo contar la transformación que Cristo ha hecho en nuestras vidas puede no ser entendido por los fieles?

La música que le gusta a Dios es aquella que hace que los pecadores comprendan el inmenso amor de Dios. Dios no está preocupado por estilos musicales, esa es preocupación de quienes están encerrados en cuatro paredes auto alabándose y esperando que los pecadores se dignen a venir a escucharles, a ellos, que tienen la verdad, pero que olvidaron el mandato de ir y acercarse a los pecadores con el único mensaje posible: Dios arriesgó todo el universo por amor a los pecadores… ¿Cómo se lo decimos a los pecadores? Pues en el medio que para ellos sea comprensible, así como Jesús vino hablando hebreo y no chino, vistiendo ropas semitas y no de oriente. Luego de la conversión, Dios hará el trabajo de refinar sus gustos y sus afectos, porque eso será tarea posterior a su conversión, y una labor no humana, sino del Espíritu Santo, y con la lentitud propia de cada vida.

La música que cantan los pecadores, es la que usa Dios para llevarles su mensaje de amor. Tal como Dios se cubrió de humillación para llegar al ser humano, espera que los que le siguen cumplan la misión de acercarse a los pecadores, porque la enseñanza más fuerte de este modelo encarnacional es que el mensajero es el que se adapta, nunca al revés. Mientras no entendamos eso seguiremos discutiendo sobre “lo que le agrada a Dios”, sin entender que la máxima aspiración de Dios es que ningún pecador perezca (2 Pedro 3:9).


Autor: Dr. Miguel Ángel Núñez. Doctor en Teología Sistemática (Univ. Adventista del Plata). Magister en Teología (Univ. Adventista del Plata). Magister en Conflicto y Mediación (Univ. Miguel de Cervantes, España). Licenciado en Teología (Univ. Adventista del Plata y Universidad Adventista de Chile). Licenciado en Filosofía y Educación (Universidad de Concepción, Chile). Orientador familiar (Univ. Católica del Norte, Chile). Pastor ordenado. Escritor. Conferenciante internacional. Escribió este artículo mientras era docente de la Universidad Linda Vista, Chiapas, México. Actualmente vive en España.


[1] Elena G. de White, Obreros evangélicos ( ), 311.
[2] Juan Carlos Ortiz, Discípulo (Caparra Terrace, Puerto Rico: Betania, 1978), 128.
[3] Caleb Rosado, ¿Cómo es Dios? (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1996).
[4] Philip G. Saaman, La manera como Cristo alcanzaba a la gente: El delicado arte de relacionarse testificando (Brasilia: Seminario Adventista Latinoamericano, 1992), 21.
[5] E. Stanley Jones, Abundant Living (Nashville, TN.: Abingdon Press, 1942), 221.

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